Saturday, February 21, 2026

Nací con las manos llenas de hogueras dulces,
programada a encender constelaciones en pechos ajenos,
a nombrar refugio donde sólo había intemperie,
a sembrar latidos como quien riega jardines invisibles.

Pero el oráculo del desgaste habló en silencio,
y la brújula —fatigada de señalar a otros—
se quebró en su propio norte.

Fui casa,
fui pan tibio en inviernos ajenos,
fui verbo abierto,
sin cerrojos en la lengua ni en el pulso.

Hasta que el eco
(de tanto pronunciar “quédate”)
se volvió caverna.

Entonces aprendí el arte arcano
de plegar mis mareas,
de esconder el sol bajo párpados cerrados,
de traducir el afecto en jeroglíficos
que ni yo misma descifro del todo.

No dejé de ser llama,
pero migré del altar al exilio.

Porque hay amores que no hieren con espadas,
sino con ausencias largas
que erosionan la fe como sal al mármol.

Y así,
la que vino al mundo con vocación de abrazo
se convirtió en viajera del desapego,
no por frialdad,
sino por conservación del espíritu.

Ahora camino con el corazón encriptado,
envuelto en velos semánticos,
como un libro antiguo que aún arde
pero rehúsa ser abierto.

No reniego del amor,
solo lo deshabito.

Y si alguna vez mis ojos parecen templos cerrados,
no es que la devoción haya muerto,
sino que la sacerdotisa
fue quien encendió la última vela…
y decidió marcharse antes de volver a rezar.

Palabras de viernes entre pensamientos en tráfico~📲📝



Nos encontramos en notas de voz
cuando el día ya está cansado,
cuando el reloj por fin suelta el turno
y la voz llega tibia,
como si hubiese caminado mucho antes de llegar a mí.

No es amor de prisa,
ni de ruido,
ni de promesas grandes.

Es algo más adulto,
más medido,
como dos vidas que aprendieron a ir despacio
porque el tiempo ya no se desperdicia igual
después de los treinta.

Fotos que se envían
como si fueran pequeñas ventanas,
palabras bonitas
dichas con una emoción que no grita
pero tampoco se esconde.

Y sin embargo,
hay una pausa suspendida.

Un casi.
Un luego.
Un “cuando se pueda”
que se queda flotando
entre lo que se siente
y lo que aún no se concreta.

En los treinta
la ilusión no corre,
observa.

Se emociona, sí,
pero también calcula silencios,
frecuencias,
las ausencias breves
que dicen más que muchas presencias largas.

Dos personas que llevan tiempo solas
no se lanzan —
se asoman.

Se miden en detalles:
la constancia suave,
la intención que aparece después del cansancio,
las palabras dulces
que llegan justo cuando el día termina
y la guardia emocional está más baja.

Y yo,
entre esa ternura que sí existe
y ese plan que aún no se mueve,
habito un lugar extraño:
ni certeza,
ni duda completa.

Solo una expectativa tranquila,
como quien sostiene algo frágil
sin saber si es comienzo
o solo compañía temporal.

Quizás así se siente intentar amar a los treinta:
con esperanza consciente,
con emoción contenida,
con el corazón abierto
pero no del todo desarmado.

Porque ya no creemos en promesas rápidas,
pero tampoco ignoramos
cuando alguien, incluso desde la distancia,
nos dice bonito…
y nos hace esperar
sin decir exactamente
que está haciendo esperar. 💞

Interés entre Prisa



En esta edad donde el pulso ya no se disfraza de prisa,
aprendemos a no reducir la llama por cortesía social,
ni a doblar el lenguaje para que quepa en bolsillos ajenos.

Hay una extraña lucidez en no domesticar el sentir,
en dejar que la emoción exista sin pedir permiso,
como una marea que no negocia con la orilla.

Antes creíamos que crecer
era plegar la intensidad hasta volverla susurro,
ahora entendemos —tarde y certeramente—
que la madurez no es silencio,
sino una transparencia indómita.

Ser adulto no es enfriar el pecho,
es sostener el ardor sin vergüenza ritual,
nombrar lo que vibra
aunque el eco resulte demasiado honesto.

Decir: “esto me importa”,
sin rodeos diplomáticos,
sin la arquitectura del disimulo
que tanto se aplaude en los templos del desapego.

Hay valentía en la desnudez emocional,
en no cifrar el afecto en claves evasivas,
en no esconder el temblor bajo capas de ironía elegante.

Porque quien ha transitado inviernos internos
sabe que el gesto genuino
no es exceso,
es coherencia encendida.

Así que habitamos nuestra intensidad
como quien habita su propia casa sin pedir disculpas,
con ventanas abiertas al asombro,
y puertas sin cerrojos para lo que sentimos.

Y si el mundo traduce esa franqueza
como exceso, desborde o desmesura,
sonreímos en silencio lúcido:
pues hemos aprendido el arte secreto
de ser profundamente nosotros
sin camuflaje afectivo,
sin censura del alma,

sin temor a la claridad emocional que nos nombra. 

To be continued thread 🧵 ~ aqui depositando el trabajo atrasado 📲

 Queda el paisaje

respirando en silencio,

sin testigos,

sin pasos que interrumpan

la calma tibia de la tarde.


Dos cafés que se enfrían despacio,

un teléfono en reposo,

y la luz suspendida

como si el tiempo dudara

en avanzar.


No hay voces,

pero se intuye la conversación

que aún no sucede.


Ese lugar que parece decir:

“alguien iba a llegar”

y todavía no llega.


El cielo se pinta suave,

entre rosado y dorado,

como una emoción que no se decide

entre ilusión

y paciencia.


Y en esa ausencia tranquila

vive algo parecido a nosotros:

la promesa sin fecha,

el encuentro sin confirmación,

la ternura que existe

aunque no tenga forma concreta aún.


Porque a esta edad

las historias no empiezan con ruido,

empiezan con espacios.


Con pausas largas.

Con mensajes que llegan

cuando el día ya terminó

y el corazón está menos protegido.


El paisaje no pregunta,

no exige,

no apura.


Solo permanece,

como quien entiende

que algunas conexiones

no son inmediatas,

sino lentas,

casi silenciosas,

como luces de ciudad

encendiéndose una por una

mientras cae la noche.


Y quizás,

en algún momento,

alguien ocupe ese lugar vacío

sobre la manta,

sin prisa,

sin promesas grandes,


solo con la intención suficiente

para que la espera

deje de parecer distancia

y empiece a sentirse

como comienzo. 💞©

Un poco de lo escrito en los últimos días entre cansancio y cafe, altos y bajos.

A los treinta, dicen, ya uno debería
tener la vida doblada y guardada
como camisa planchada en el clóset…
pero la mía anda en la silla,
medio usada y con olor a café.

Suena la alarma
y no es drama épico,
es el mismo sonido de siempre
recordándome que soy adulto
aunque por dentro todavía pregunte
“¿y ahora qué sigue?”

Trabajo, cuentas, notificaciones,
un carrito de compra que nunca se vacía
y un “lo hago mañana”
que envejece conmigo sin pagar renta.

A los treinta
uno ya no corre por sueños gigantes,
corre por llegar a tiempo,
por dormir ocho horas (si se puede),
por no olvidar la cita,
por recordar dónde dejó la calma.

La espalda cruje como vieja mecedora,
pero el corazón insiste
en emocionarse por tonterías:
una canción vieja,
un mensaje inesperado,
un cafecito en silencio
que sabe a paz momentánea.

Los amigos ahora se ven por agenda,
no por impulso,
y las risas se planean
como si fueran reuniones importantes
(aunque terminemos hablando
de cansancio y memes).

Hay días en que me siento exitoso
por cosas pequeñas:
lavar la ropa,
hacer la compra,
no llorar en el tráfico
y recordar tomar agua.

Qué curioso:
de niño quería crecer rápido,
y ahora, a los treinta,
negocio con el tiempo
como quien pide una prórroga invisible.

La melancolía se sienta conmigo
en la mesa del desayuno,
pero no es pesada,
es más bien bromista:
me recuerda quién soñaba ser
y se ríe suave
cuando intento serlo después del trabajo.

Y aun así,
entre facturas, rutinas y dudas existenciales,
hay algo tierno en esta etapa:
la capacidad de seguir,
aunque no tengamos todo resuelto.

Porque vivir a los treinta hoy
no es tener la vida perfecta,
es aprender a sostenerla
con humor cansado,
esperanza discreta
y esa risa medio irónica
que dice:

“No soy quien imaginé…
pero sigo aquí,
y eso,
ya es bastante.©   

Nací con las manos llenas de hogueras dulces, programada a encender constelaciones en pechos ajenos, a nombrar refugio donde sólo había inte...