Queda el paisaje
respirando en silencio,
sin testigos,
sin pasos que interrumpan
la calma tibia de la tarde.
Dos cafés que se enfrían despacio,
un teléfono en reposo,
y la luz suspendida
como si el tiempo dudara
en avanzar.
No hay voces,
pero se intuye la conversación
que aún no sucede.
Ese lugar que parece decir:
“alguien iba a llegar”
y todavía no llega.
El cielo se pinta suave,
entre rosado y dorado,
como una emoción que no se decide
entre ilusión
y paciencia.
Y en esa ausencia tranquila
vive algo parecido a nosotros:
la promesa sin fecha,
el encuentro sin confirmación,
la ternura que existe
aunque no tenga forma concreta aún.
Porque a esta edad
las historias no empiezan con ruido,
empiezan con espacios.
Con pausas largas.
Con mensajes que llegan
cuando el día ya terminó
y el corazón está menos protegido.
El paisaje no pregunta,
no exige,
no apura.
Solo permanece,
como quien entiende
que algunas conexiones
no son inmediatas,
sino lentas,
casi silenciosas,
como luces de ciudad
encendiéndose una por una
mientras cae la noche.
Y quizás,
en algún momento,
alguien ocupe ese lugar vacío
sobre la manta,
sin prisa,
sin promesas grandes,
solo con la intención suficiente
para que la espera
deje de parecer distancia
y empiece a sentirse
como comienzo. 💞©
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