Saturday, February 21, 2026

Nací con las manos llenas de hogueras dulces,
programada a encender constelaciones en pechos ajenos,
a nombrar refugio donde sólo había intemperie,
a sembrar latidos como quien riega jardines invisibles.

Pero el oráculo del desgaste habló en silencio,
y la brújula —fatigada de señalar a otros—
se quebró en su propio norte.

Fui casa,
fui pan tibio en inviernos ajenos,
fui verbo abierto,
sin cerrojos en la lengua ni en el pulso.

Hasta que el eco
(de tanto pronunciar “quédate”)
se volvió caverna.

Entonces aprendí el arte arcano
de plegar mis mareas,
de esconder el sol bajo párpados cerrados,
de traducir el afecto en jeroglíficos
que ni yo misma descifro del todo.

No dejé de ser llama,
pero migré del altar al exilio.

Porque hay amores que no hieren con espadas,
sino con ausencias largas
que erosionan la fe como sal al mármol.

Y así,
la que vino al mundo con vocación de abrazo
se convirtió en viajera del desapego,
no por frialdad,
sino por conservación del espíritu.

Ahora camino con el corazón encriptado,
envuelto en velos semánticos,
como un libro antiguo que aún arde
pero rehúsa ser abierto.

No reniego del amor,
solo lo deshabito.

Y si alguna vez mis ojos parecen templos cerrados,
no es que la devoción haya muerto,
sino que la sacerdotisa
fue quien encendió la última vela…
y decidió marcharse antes de volver a rezar.

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