Saturday, February 21, 2026

Interés entre Prisa



En esta edad donde el pulso ya no se disfraza de prisa,
aprendemos a no reducir la llama por cortesía social,
ni a doblar el lenguaje para que quepa en bolsillos ajenos.

Hay una extraña lucidez en no domesticar el sentir,
en dejar que la emoción exista sin pedir permiso,
como una marea que no negocia con la orilla.

Antes creíamos que crecer
era plegar la intensidad hasta volverla susurro,
ahora entendemos —tarde y certeramente—
que la madurez no es silencio,
sino una transparencia indómita.

Ser adulto no es enfriar el pecho,
es sostener el ardor sin vergüenza ritual,
nombrar lo que vibra
aunque el eco resulte demasiado honesto.

Decir: “esto me importa”,
sin rodeos diplomáticos,
sin la arquitectura del disimulo
que tanto se aplaude en los templos del desapego.

Hay valentía en la desnudez emocional,
en no cifrar el afecto en claves evasivas,
en no esconder el temblor bajo capas de ironía elegante.

Porque quien ha transitado inviernos internos
sabe que el gesto genuino
no es exceso,
es coherencia encendida.

Así que habitamos nuestra intensidad
como quien habita su propia casa sin pedir disculpas,
con ventanas abiertas al asombro,
y puertas sin cerrojos para lo que sentimos.

Y si el mundo traduce esa franqueza
como exceso, desborde o desmesura,
sonreímos en silencio lúcido:
pues hemos aprendido el arte secreto
de ser profundamente nosotros
sin camuflaje afectivo,
sin censura del alma,

sin temor a la claridad emocional que nos nombra. 

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