Saturday, February 21, 2026

Un poco de lo escrito en los últimos días entre cansancio y cafe, altos y bajos.

A los treinta, dicen, ya uno debería
tener la vida doblada y guardada
como camisa planchada en el clóset…
pero la mía anda en la silla,
medio usada y con olor a café.

Suena la alarma
y no es drama épico,
es el mismo sonido de siempre
recordándome que soy adulto
aunque por dentro todavía pregunte
“¿y ahora qué sigue?”

Trabajo, cuentas, notificaciones,
un carrito de compra que nunca se vacía
y un “lo hago mañana”
que envejece conmigo sin pagar renta.

A los treinta
uno ya no corre por sueños gigantes,
corre por llegar a tiempo,
por dormir ocho horas (si se puede),
por no olvidar la cita,
por recordar dónde dejó la calma.

La espalda cruje como vieja mecedora,
pero el corazón insiste
en emocionarse por tonterías:
una canción vieja,
un mensaje inesperado,
un cafecito en silencio
que sabe a paz momentánea.

Los amigos ahora se ven por agenda,
no por impulso,
y las risas se planean
como si fueran reuniones importantes
(aunque terminemos hablando
de cansancio y memes).

Hay días en que me siento exitoso
por cosas pequeñas:
lavar la ropa,
hacer la compra,
no llorar en el tráfico
y recordar tomar agua.

Qué curioso:
de niño quería crecer rápido,
y ahora, a los treinta,
negocio con el tiempo
como quien pide una prórroga invisible.

La melancolía se sienta conmigo
en la mesa del desayuno,
pero no es pesada,
es más bien bromista:
me recuerda quién soñaba ser
y se ríe suave
cuando intento serlo después del trabajo.

Y aun así,
entre facturas, rutinas y dudas existenciales,
hay algo tierno en esta etapa:
la capacidad de seguir,
aunque no tengamos todo resuelto.

Porque vivir a los treinta hoy
no es tener la vida perfecta,
es aprender a sostenerla
con humor cansado,
esperanza discreta
y esa risa medio irónica
que dice:

“No soy quien imaginé…
pero sigo aquí,
y eso,
ya es bastante.©   

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