Nos encontramos en notas de voz
cuando el día ya está cansado,
cuando el reloj por fin suelta el turno
y la voz llega tibia,
como si hubiese caminado mucho antes de llegar a mí.
No es amor de prisa,
ni de ruido,
ni de promesas grandes.
Es algo más adulto,
más medido,
como dos vidas que aprendieron a ir despacio
porque el tiempo ya no se desperdicia igual
después de los treinta.
Fotos que se envían
como si fueran pequeñas ventanas,
palabras bonitas
dichas con una emoción que no grita
pero tampoco se esconde.
Y sin embargo,
hay una pausa suspendida.
Un casi.
Un luego.
Un “cuando se pueda”
que se queda flotando
entre lo que se siente
y lo que aún no se concreta.
En los treinta
la ilusión no corre,
observa.
Se emociona, sí,
pero también calcula silencios,
frecuencias,
las ausencias breves
que dicen más que muchas presencias largas.
Dos personas que llevan tiempo solas
no se lanzan —
se asoman.
Se miden en detalles:
la constancia suave,
la intención que aparece después del cansancio,
las palabras dulces
que llegan justo cuando el día termina
y la guardia emocional está más baja.
Y yo,
entre esa ternura que sí existe
y ese plan que aún no se mueve,
habito un lugar extraño:
ni certeza,
ni duda completa.
Solo una expectativa tranquila,
como quien sostiene algo frágil
sin saber si es comienzo
o solo compañía temporal.
Quizás así se siente intentar amar a los treinta:
con esperanza consciente,
con emoción contenida,
con el corazón abierto
pero no del todo desarmado.
Porque ya no creemos en promesas rápidas,
pero tampoco ignoramos
cuando alguien, incluso desde la distancia,
nos dice bonito…
y nos hace esperar
sin decir exactamente
que está haciendo esperar. 💞
No comments:
Post a Comment